Queridos amigos y amigas:

Ciertamente este siglo nos ha llevado a cambios importantes que impactan a todos los países.

Algunos de estos cambios han sido de manera acelerada, mientras otros siguen esperando un giro importante de mejora.

El milenio se abre a nuevas oportunidades, a acercamientos y desarrollos tecnológicos, pero sigue dejando a un lado a los más desfavorecidos y excluidos.

Las personas mayores, otrora poseedoras de la memoria y sabiduría de los pueblos, miran como son marginadas en sus saberes pasados de moda.

Los valores de respeto y dignidad se han venido diluyendo en un tren de angustia por lo nuevo.

Los jóvenes de hoy viven con más amargura el peso impuesto por la sociedad de ser alguien con  éxito a una edad  muy temprana.

El entorno les vende la ilusión que esto es fácil, que no deben pasar por un proceso para ganar experiencia y que el éxito es instantáneo.

La idea antigua que una persona se desarrollaba y  aprendía a través de la vida y que era en su vejez donde acumula todos estos saberes ha sido desplazada por la idea del triunfo inmediato sin esfuerzo, por arte de magia y sin aprendizaje.

Las tecnologías también han contribuido a desplazar a los adultos mayores. En el pasado, las personas mayores eran consultadas sobre las tradiciones y memoria histórica, eran quienes transmitían a las nuevas generaciones el legado del país y eran quienes conservaban la historia nacional.

Hoy, con las nuevas tecnologías,  preferimos también lo virtual a lo real.  Muchas veces preferimos preguntar a programas de dudosa confiabilidad sobre nuestra historia, que ir con las personas que vivieron esos sucesos; o preferimos tener comunicaciones virtuales con alguien desconocido a miles de kilómetros, que tomarnos el tiempo de visitar a una persona mayor que vive a la par de nuestra casa.

Las comunicaciones, tan de la mano y tan aptas para acercarnos, nos alejan sin darnos cuenta.

Pero más allá del aislamiento que sufren las personas mayores, enfrentan la carencia de derechos tan básicos como contar con un ingreso, con servicios apropiados de salud y con redes de apoyo para su cuidado, mientras aumentan en número y proporción.

Y en medio de las dudas sobre cómo avanzar en los programas sociales, seguimos sin resolver temas esenciales como la discriminación y el género.

Desde diferentes esferas he insistido en las desventajas que enfrentamos las mujeres durante nuestra vida, y que ciertamente impactan de manera importante en la vejez.

Sin embargo, poco se dice respecto a cómo el machismo le termina pasando la factura a los hombres.

Mientras no se abandone el modelo patriarcal, los hombres también enfrentarán una vejez dura, incluso con menos apoyos que las mujeres.

Los hombres mayores, por crecer bajo la idea de ser fuertes y viriles, son poco dados a seguir controles de salud sino hasta que ya es demasiado tarde; de igual forma son los más expuestos a prácticas sexuales poco seguras, lo que ha producido un aumento considerable de casos de VIH-SIDA.

Si bien la discriminación a la mujer es una constante, los hombres al alcanzar la etapa adulta mayor, son igualmente víctimas de este flagelo.

En nuestro país, al menos un 23% de hombres viven solos y sin apoyos, contra un 9% de las mujeres.

Estas últimas, que en muchos casos fueron madres solteras, o que tienen construcciones sociales ligadas a la búsqueda de apoyos, son más proclives a contar con familia o redes que resultan vitales para su vejez.

Es por ello que analizar el género en la vejez no solo debe servir para reducir las brechas de ejercicio de derechos entre hombres y mujeres, sino que debe servir principalmente para reducir los escenarios de riesgo tanto para hombres como para mujeres, a fin que ambos puedan vivir una vida plena.

Finalmente, las personas mayores deben contar en el futuro inmediato con mayor protección ante la violencia.

Esto pasa necesariamente por dos esfuerzos: por una parte, empoderar a las personas mayores sobre sus derechos y como protegerse y prevenir la violencia; el otro por trabajar con las instituciones para mejorar los mecanismos de atención a la violencia.

Como Secretaria de Inclusión Social, estoy consciente de los desafíos y presentes y futuros.

Quiero compartirles a ustedes este sueño: ¿qué  sociedad espero para las personas mayores en el futuro?

Pues una que permita a cada persona mayor una vida con calidad, donde les traten con respeto en los centros donde lo atiendan y donde les valoren como alguien importante.

Quiero agradecer su presencia hoy y reiterar mi compromiso desde la Secretaría y desde el CONAIPAM de seguir avanzando en la construcción de ese sueño para los mayores presentes y del mañana.