En un gran honor estar aquí, en esta hermana nación, para oficializar –a través de la firma de un Acuerdo de Cooperación Técnica– el lazo que ya desde el año pasado, tejimos entre nuestros países, para avanzar en el logro del empoderamiento vital de las mujeres, impulsando cambios sostenibles para la democratización, la paz, el acceso a la justicia y la plena vigencia de los derechos humanos de todas las mujeres en la región, particularmente a través de la implementación, en Honduras, de una estrategia que en mi país, El Salvador, ha resultado exitosa: me refiero al Programa Ciudad Mujer.

Desde hace ya varios años, en todos los espacios internacionales en los que he tenido oportunidad de hablar, he manifestado insistentemente, en que  el Programa Ciudad Mujer no sólo podía, sino que debía ser replicado en otros países, pero más particularmente, en la región latinoamericana y del caribe, como una estrategia regional para abordar las graves situaciones de violencia de género, exclusión y desigualdad  que aún sufren las mujeres, y que tienen un impacto directo en el desarrollo sostenible, la democracia y la paz en nuestros países.

Así pues, cuando conocí a la excelentísima señora Primera Dama de Honduras, nuestra querida Ana García de Hernández, y pude presentarle el modelo Ciudad Mujer, en junio del año pasado, inmediatamente supe que estábamos en la misma sintonía, y tuve la plena convicción de que ella era la persona que iba a poder liderar, en Honduras, la implementación de este programa.

Precisamente, el hecho de que estemos hoy, aquí, formalizando este acuerdo entre la Secretaría de Desarrollo e Inclusión Social de Honduras, y la Secretaría de Inclusión Social de El Salvador, es una muestra más, de que no me equivoqué.

Digo que es una muestra más, porque si bien es este día que suscribimos oficialmente el acuerdo de cooperación, debo mencionar que desde hace un año, nuestros respectivos equipos directivos y técnicos, han estado trabajando conjuntamente para que Ciudad Mujer Honduras sea una realidad muy pronto.

Seguramente, algunos de ustedes que nos hacen el honor de acompañarnos este día, así como algunos sectores de la sociedad hondureña, tendrán muchas dudas de cómo funciona el modelo Ciudad Mujer, y si en verdad éste es capaz de impulsar cambios relevantes para la vida de las mujeres, en particular, pero de la sociedad entera en general.

Por eso es que también agradezco a la Primera Dama, y a su equipo de trabajo, la oportunidad de compartir con ustedes la experiencia de mi país, El Salvador, en la creación y puesta en marcha del este programa, presentándoles el libro “Ciudad Mujer: nuevo modelo de gestión pública para la igualdad y la paz”, de los cuales, obsequiaremos ejemplares.

Como podrán apreciar en el libro, Ciudad Mujer es un programa novedoso, único en su especie.

Es un programa que no sólo demuestra que es posible concretizar las políticas nacionales en materia de género, sino también que es factible transformar la gestión pública, poniendo en el centro de la misma a los seres humanos, y más particularmente, a las mujeres.

Más allá de ser un programa, estoy convencida de que Ciudad Mujer constituye un nuevo modelo de gestión pública, orientada al empoderamiento de las mujeres para la construcción de la igualdad sustantiva y de la paz.

A lo largo de los cuatro capítulos del libro, ustedes descubrirán lo que está en el centro, en el corazón mismo de Ciudad Mujer: las rutas del empoderamiento de las mujeres.

Precisamente, Ciudad Mujer surge a partir de una experiencia personal de empoderamiento, que me impulsó a asumir un profundo compromiso con las mujeres de un país que –como muchos otros de la región y del mundo– padece violencia, pobreza, exclusión, concentración de la riqueza y un profundo machismo.

En El Salvador, Ciudad Mujer llegó a convertirse en una política pública asumida no sólo por el Gobierno, sino por el Estado y –mucho más importante– por la propia ciudadanía, para lograr el empoderamiento vital de las mujeres, y la construcción de las tres autonomías: la física, la económica y la de participación y toma de decisiones.

Así como nuestra querida Ana García de Hernández, yo también fui Primera Dama en un país con unas realidades muy similares a las de Honduras.

Como ustedes saben, El Salvador es un país golpeado por una guerra civil en los años ochenta; con una población forzada a emigraciones permanentes; un país que está enfrentando el crecimiento de las pandillas y del crimen organizado, con altos niveles de impunidad ante la violencia y el delito, y con insuficientes mecanismos de atención adecuada a las víctimas.

En ese brutal escenario, las mujeres han sido y son –siempre– las más perjudicadas. En El Salvador, como en otros países, el mayor peligro para las mujeres, incluidas las niñas, las adolescentes y las adultas mayores, no se encuentra en las calles sino en los hogares, donde están sus principales agresores.

Pero la violencia y la discriminación contra las mujeres se repiten continuamente en los espacios públicos: en el transporte, en la calle, en los centros educativos y laborales; en los partidos políticos y en las iglesias, inclusive.

Esa fue la realidad con la que me encontré cuando, en el marco de la campaña presidencial para las elecciones del año 2009, recorrí el país de punta a punta.

Pese a que yo tenía mi propia trayectoria y una  experiencia política de décadas, la campaña electoral me mantenía invisible, orillada a ser nada más que “la esposa del candidato presidencial”, sin muchas posibilidades de participar, aportar, decidir.

Siendo que me vi situada forzosamente fuera de los escenarios, noté que la mayor parte de las personas asistentes a los mítines y reuniones eran mujeres.

Y fueron todas esas mujeres quienes me develaron la realidad de exclusión a la que se enfrentaban cada día.

Ellas, mujeres urbanas y rurales; mujeres campesinas y profesionales;  mujeres de todas las edades y condiciones sociales, me ayudaron a comprender las dificultades que tenían para conocer y ejercer sus derechos.

Ellas eran, al igual que yo, invisibles para las instituciones y las políticas públicas. Y eso era, justamente, lo que había que cambiar.

Encontré que las instituciones públicas fundamentales que debían atender a las mujeres, estaban ubicadas de los territorios y de las comunidades en donde vivían las mujeres más pobres y vulnerables.

Noté, además, que la mayoría de dichas instituciones trabajaban de forma desarticulada, en una lógica muy masculina, sin un enfoque de género adecuado, y que todo esto imponía barreras a las mujeres para el acceso a los servicios que ellas necesitaban.

Viendo todo lo anterior, pensaba en un lugar ideal al que esas mujeres pudiesen llegar para recibir atención especial en sus necesidades más acuciantes.

Imaginaba un espacio femenino: de mujeres atendidas por mujeres, de mujeres que confían en mujeres.

Un espacio, una especie de ciudad, en donde las instituciones se pusieran al servicio de las mujeres y les brindaran las atenciones especializadas, integradas e integrales, con calidad y calidez que esas mujeres necesitaban y merecían: Una “Ciudad Mujer”.

Ciudad Mujer se convirtió así, en el 2009, en una de las principales ofertas electorales, con la cual pretendía tornar visibles a las invisibles.

Esa fue, justamente, el génesis de Ciudad Mujer, que relato más ampliamente a lo largo del Capítulo I, cuando se da el principio del cambio.

Al ganar las elecciones, y asumiendo la conducción de una institución nueva, la Secretaría de Inclusión Social, así como la presidencia del instituto rector de las políticas públicas de mujeres, el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer, incorporamos a Ciudad Mujer dentro del conjunto de programas sociales a desarrollar.

Como podrán leer en el libro, esa génesis no fue fácil.  En 2009 el país se encontraba en medio de una crisis socioeconómica profunda, una de las más difíciles de su historia.

El bajo crecimiento económico era histórico en El Salvador.

Los índices de la pobreza crecían, al igual que la exclusión social.

No existían programas sociales de ayuda a los sectores más vulnerables. Los salarios eran de los más bajos de la región.

El país sufría el flagelo del delito y la violencia.

En ese contexto, cientos de miles de mujeres estaban y siguen estando a cargo de sus hogares, convertidas por la necesidad, en las responsables exclusivas de la sobrevivencia de sus grupos familiares y aun a costa de sí mismas. Y, sin embargo, la cultura oficial insistía en ignorar esa realidad.

Habíamos heredado un aparato gubernamental que funcionaba con una inercia y una lógica de trabajo desarticulada y dispersa, acostumbrada a seguir haciendo más de lo mismo; con temores y desconfianza de la capacidad de crear algo nuevo, algo único que no había sido probado antes en ningún otro país. Peor aún si era una mujer quien pretendía llevar adelante ese cambio.

Esas actitudes no provenían solamente de la oposición política al gobierno, se generaban también en el seno del mismo de las estructuras gubernamentales.

Fue necesario del apoyo político al más alto nivel, para impulsar las políticas públicas para las mujeres.

En las condiciones específicas de El Salvador, fue preciso quitar el proyecto de Ciudad Mujer del escenario de confrontación política e ideológica para que fuese entendido como una política de Estado, como una nueva respuesta estatal a una vieja problemática y que en ello no había -como de hecho debe ser- ningún color político.

Todo lo contrario, desde sus inicios, Ciudad Mujer ha demostrado ser una respuesta absolutamente alejada del clientelismo y del favoritismo político.

Al inicio, durante la mitad del 2009 y todo el 2010, nuestra labor se centró en dos tareas fundamentales que llevamos a la par una de la otra: diseñar el modelo de funcionamiento y gobernanza, y conseguir el financiamiento para ponerlo en marcha.

El modelo lo formulamos totalmente en El Salvador, y el financiamiento se obtuvo tanto con fondos propios del Gobierno, como de un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo.

Una vez puesto en marcha el programa, con la primera sede funcionando en marzo del año 2011, y vistos los resultados exitosos demostrados en poco tiempo de funcionamiento, más aliados se fueron uniendo: gobiernos amigos, agencias y donantes internacionales apostaron a fortalecer Ciudad Mujer.

La creación de la estructura y el funcionamiento del “Modelo Ciudad Mujer”, que se describen en el capítulo dos del libro, buscaba generar un cambio sistemático, profundo e irreversible –tal como lo mandataba la Declaración y la Plataforma de Beijing– para construir la igualdad entre los géneros.

Con mi equipo de trabajo, basamos Ciudad Mujer en cuatro pilares fundamentales: la equidad de género, el enfoque de derechos, la integralidad de los servicios y una proyección territorial.

Si bien los cuatro pilares son igualmente importantes, sé que todos ustedes conocen a la perfección los dos primeros– la equidad de género y el enfoque de derechos–, por lo cual quiero poner el énfasis en los dos últimos: la integralidad de los servicios y la proyección territorial, que resultan más interesantes en aras de comprender cómo funcionaría el modelo en su país.

En El Salvador, el modelo está articulado a través de centros de atención integral e integrada, que coordinan la labor de 17 instituciones del Estado, para dar servicios esenciales a las mujeres en los temas de mayor trascendencia para su empoderamiento.

Las instituciones funcionan, con un estándar de atención de calidad y calidez, dentro de 5 módulos:

  • Salud Sexual y Reproductiva
  • Prevención y Atención a la Violencia de Género
  • Autonomía Económica
  • Educación Colectiva, para el empoderamiento ciudadano y político de las mujeres, y
  • Atención Infantil

El libro describe detenidamente cómo funciona cada uno de estos módulos, precisamente bajo la lógica de la integración e integralidad de los servicios, y con el enfoque de evitar la re victimización de las mujeres.

Ciertamente debo reconocer que no es una tarea fácil. Buena parte de la energía del equipo de dirección de Ciudad Mujer se destina precisamente a articular las acciones que se desarrollan en cada sede en forma interinstitucional.

Pero es un esfuerzo que vale la pena y está sostenido por la certeza de que si los servicios especializados se encuentran dispersos, se generan factores de desestimulo para la realización de los derechos de las mujeres.

Esta concentración de servicios especializados en un único escenario permite generar sinergias institucionales y administrativas que la separación física no produciría y responde a la compleja realidad de la mujer, que muchas veces, necesitan de una orientación y acompañamiento adecuado, para reconocer la necesidad de una diversidad de servicios para realizar sus derechos.

Además, en la lógica de la construcción de la autonomía de las mujeres, no es posible trabajar sólo en una dimensión y no en las otras, y como se expone en el libro, Ciudad Mujer –a través de los cinco módulos– impacta en todas: la física, la económica y la de participación y toma de decisiones.

Otro componente fundamental es el de la territorialidad, porque allí está la cláusula que flexibiliza el modelo, garantiza la inserción y el monitoreo real de su funcionamiento. Es este último el componente que le otorga a Ciudad Mujer la capacidad de ser replicado en otros países y regiones.

Este pilar parte del conocimiento que las mujeres en cuyas vidas Ciudad Mujer se propone impactar positivamente, viven en territorios concretos donde hay realidades específicas y diversas que requieren estrategias particulares.

En este enfoque de trabajo territorial, Ciudad Mujer se articula con actores locales del área de influencia de cada sede.

Ciudad Mujer busca trabajar con los gobiernos municipales, comprendiendo que la pluralidad política que se encuentra en el territorio reafirma, por un lado, que la lucha por las mujeres no es un tema ideológico y, por el otro, que es una garantía para el desarrollo de una sociedad fuertemente democrática.

Una gran parte del éxito de Ciudad Mujer radica en el trabajo que realizan nuestras educadoras y promotoras territoriales, quienes se constituyen en la cara más visible y cercana del programa en las comunidades, pero que además, nos retroalimentan continuamente de las realidades y necesidades en los territorios.

En el capítulo tres, denominado “Hacia el empoderamiento vital de las mujeres”, se desarrolla el camino hacia la construcción de la igualdad sustantiva, que parte del reconocimiento de los desafíos presentes, donde la condición y posición de las mujeres tienen una relevancia significativa.

Así, el diseño de la ruta hacia la igualdad entre los géneros pasa por tres esferas de acción: la promoción de los derechos; el fortalecimiento de las tres autonomías y la redefinición y fomento del empoderamiento vital de las mujeres.

En esta lógica, a partir de la primera de las esferas antes mencionadas, desde Ciudad Mujer promovemos el conocimiento de los derechos de las mujeres; paralelamente, impulsamos la sensibilización del funcionariado estatal, y de la sociedad en general, para no seguir perpetuando los esquemas de violencia y discriminación.

La difusión y el conocimiento de los derechos humanos de las mujeres son acciones fundamentales para entender los escenarios en los cuales se configura la estructura económica, social y política en que transitan sus vidas.

Además, es imprescindible la comprensión de los nudos críticos que explican la desigualdad y discriminación, así como los entramados que los reproducen; de tal manera que las mujeres puedan apropiarse del conocimiento de sus derechos y cómo estos les permiten incidir en aquellos espacios donde persiste la discriminación.

La segunda esfera, la del fortalecimiento de las tres autonomías, se basa en que es fundamental que las mujeres puedan ejercerlas en su integralidad, dado que se encuentran interrelacionadas entre sí.

Partimos de la autonomía económica, desde el módulo del mismo nombre, fomentando la capacidad de las mujeres de generar ingresos propios y obtener y controlar sus propios activos, promoviendo mejores y mayores oportunidades para su desarrollo.

Cuando pasamos a hablar de la autonomía física, sabemos que se vincula al control que tienen las mujeres sobre su cuerpo, a la capacidad de tomar decisiones sobre sus propias vidas, sobre su integridad física, emocional y sobre su salud.

Esta autonomía la trabajamos desde dos módulos: el de salud sexual y reproductiva, y el de prevención y atención a la violencia de género.

La tercera autonomía, la de la toma de decisiones, la trabajamos desde sus dos ámbitos: la participación política y la participación ciudadana, que permiten realizar acciones articuladas que faciliten a las mujeres ampliar su condición y valorar su posición.

Para ello, el trabajo desde el módulo de gestión de la educación es crucial. Desde ese módulo desarrollamos procesos de conocimientos de los derechos de las mujeres con una estrategia de la alfabetización en los mismos, hasta la organización y fortalecimiento de expresiones locales que permitan su incidencia en la sociedad y el Estado.

Es innegable que el conocimiento y el ejercicio de sus derechos genera una doble vía: el control sobre sus vidas y decisiones; condición indispensable para que las mujeres puedan incursionar en espacios públicos y en puestos de decisión  que les  abra las posibilidades en  el ámbito personal y en el colectivo  para ejercer una mayor y mejor democracia.

Por las características del Modelo, como hemos visto, se cumple un ciclo de inclusión de las mujeres.

Al margen de los resultados concretos que encontrarán en el libro, miles de mujeres han logrado insertarse en un ciclo de empoderamiento.

Así se construye la identidad de las mujeres, condición indispensable para el ejercicio de ciudadanía.

Ciudad Mujer cuenta con cinco años y tres meses de vida. Partió de la nada y tiene para mostrar resultados cualitativos y cuantitativos. Esto no es algo normal en los servicios públicos que se brindan en nuestros países.

En un país con enormes dificultades económicas y sociales como El Salvador el impacto de Ciudad Mujer en la vida de sus usuarias y el efecto cultural que ello produce es un hecho sin comparación en materia de políticas públicas.

Somos conscientes de que por sí solo, el programa Ciudad Mujer no podrá modificar una realidad tan compleja y difícil; tampoco cambiar, de la noche a la mañana, la cultura patriarcal y machista que domina nuestras sociedades.

Pero Ciudad Mujer se ha convertido en un ariete, en una punta de lanza, en una locomotora de ese cambio cultural que necesita la sociedad.

Ciudad Mujer es una respuesta que, basada en un enfoque de género y de derechos humanos, puede ayudar al desarrollo sostenible de los países.

Ciudad Mujer es, ante todo, un factor que permite desencadenar la toma de conciencia de las mujeres acerca de su propia valía, de sus derechos y de que ya no están solas en la lucha por la conquista de esos derechos.

Mi apuesta, en ese sentido, es que Ciudad Mujer abra el camino, señale la ruta que hay que transitar y que sean las propias mujeres las artífices de su destino, como debe ser.

Para eso es imprescindible que asumamos como propia la tarea de empoderamiento vital de estas mujeres.

En el capítulo cuatro, el de las conclusiones, reitero que Ciudad Mujer es el fruto de una firme decisión política que permitiera sortear obstáculos de toda índole.

Señalo, además, que si bien Ciudad Mujer no puede por sí misma, cambiar totalmente la realidad histórica, social y cultural, sí es una buena respuesta a violencia que es global: la violencia de género.

Y esa realidad de violencia trasciende fronteras. La encontramos, con características y dimensiones particulares, en todos los países del mundo, estén en América, en Asia, en Europa o en África. Existe en El Salvador, en Honduras, en Guatemala.

Por ello, desde hace mucho, he insistido en que los problemas de violencia, de inseguridad, de migraciones permanentes en los tres países del triángulo norte, deben abordarse desde una perspectiva conjunta, con estrategias regionales y con un enfoque de género, que nos permita adoptar las decisiones más óptimas y desarrollar las acciones que tengan no sólo la capacidad tanto de prevenir como de combatir la violencia y atender a sus víctimas, sino también de reconstruir el tejido, la cohesión social, desde los principios democráticos, para gozar de una paz con igualdad.

En ese sentido, sabemos que los tres países del triángulo norte tenemos realidades, aunque no idénticas, sí muy similares:

  • Más del 50% de la población somos mujeres (más del 51% en los casos de Honduras y Guatemala, y más del 53% en el caso de El Salvador);
  • el mayor porcentaje de las personas aún están en edades por debajo de los 24 años; más del 9% de nuestras poblaciones migrando hacia otros países.
  • Somos países que estamos luchando contra la violencia delincuencial y del crimen organizado;
  • países que aún tenemos grandes retos para crear oportunidades educativas, productivas y de acceso a servicios, entre otros.
  • países, en definitiva, que buscamos consolidar nuestras democracias.

Sin embargo, poco o nada podremos avanzar en la consecución del desarrollo democrático sostenible, con justicia y paz, sin la participación activa, directa, informada, libre y consciente, de aquellas personas que somos la mayoría de la población en la región: las mujeres.

Por ello es que tengo la plena convicción de que un programa como Ciudad Mujer debe convertirse en una estrategia regional, ya que tiene todo el potencial para contribuir al fortalecimiento de la ciudadanía de las mujeres.

Sabemos que las mujeres están dando un aporte fundamental en diversos ámbitos: son pilares fundamentales en sus familias, en sus comunidades, en la sociedad.

Pero las mujeres podemos aportar más. Si nuestros países cuentan con mujeres viviendo libres de violencia de género, con acceso a atención en salud; con educación en derechos; con formación técnica y acceso a oportunidades laborales y productivas, tendremos a millones de mujeres con la capacidad de transformar lo que de injusto e inequitativo tengan las estructuras que originan la pobreza, la exclusión y la violencia.

¿Cómo no apostar, entonces, de forma decidida e irrevocable, al empoderamiento de las mujeres de todas las edades? Esa es la gran pregunta.

Pero vemos que estamos construyendo juntos, la respuesta. Justamente, la creación del Programa Ciudad Mujer en El Salvador, su adaptación en Honduras –y espero que prontamente, también en Guatemala– indican que tenemos esa voluntad.

Otros países también se están uniendo a este concierto de cambios: República Dominicana, Paraguay, entre varios más, van en la misma ruta, y eso debe generar esperanza, ánimos y más compromiso.

Es por eso que me permito felicitar nuevamente al gobierno y al pueblo de Honduras, por demostrar con hechos concretos que están trabajando con seriedad por las mujeres de su país.

Felicito particularmente a la señora Primera Dama, así como a la Secretaría de Desarrollo e Inclusión Social y a todo el equipo de trabajo involucrado en la implementación de Ciudad Mujer, por su empeño y su trabajo.

Sé muy bien que no es fácil. Sé también que las dificultades serán muchas, y que requerirá enormes sacrificios –incluso personales y familiares– el lograr el éxito.

Pero déjenme decirles, que hay algo más que sé perfectamente bien: que todo ese trabajo, esfuerzo y sacrificio, tienen una recompensa invaluable y muy gratificante.

Esa recompensa es el poder ver, en primera línea, el proceso de transformación y empoderamiento de miles de mujeres, no sólo como testigos, sino como una parte orgánica de dicho proceso, apoyándolas, acompañándolas, demostrándoles que –así como dijo alguna vez una de nuestras usuarias– “cuando las mujeres creen en las mujeres, todo el mundo puede empezar a creer”. A creer en que, con el aporte de todas y todos, un mundo mejor es posible.

Eso es, desde lo más profundo de mi corazón, mi mayor deseo para todas las mujeres hondureñas, para todo el pueblo de este gran país: una realidad mejor, con justicia, paz e igualdad.

Sé que lo lograrán. Cuenten con nosotras, sus hermanas salvadoreñas, para seguirlas acompañando, de forma fraterna y solidaria.

Les deseo, en definitiva, los mayores éxitos y que Ciudad Mujer sea pronto, una hermosa realidad para todas ustedes.

Muchas gracias.