Amigas, amigos:

Cuando en el año 2011 inauguramos el primer diplomado en gerontología social, estábamos convencidas que iniciábamos una línea de trabajo que marcaría un giro fundamental en la labor a favor de las personas mayores.

Por primera vez, un gobierno comenzaba una apuesta para la formación especializada en el tema del envejecimiento, a fin de lograr la inclusión y la justicia social de todas las personas adultas mayores en nuestro país.

Este esfuerzo surgió de la plena aceptación de una innegable verdad: Las personas mayores son hoy y serán siempre, sujetos de derechos.

Es este horizonte, donde vemos a cada persona mayor teniendo control sobre su vida, gozando de su familia y su comunidad, siendo participativa conforme sus deseos y capacidades, siendo valorada y tratada con dignidad; el que debe movernos como especialistas en gerontología sociales, a dar lo mejor para construir la sociedad que todos y todas merecemos.

Sabemos que, tristemente, en la actualidad los prejuicios culturales siguen calificando a las personas mayores como “enfermas, improductivas, pobrecitas o inútiles”.

Aunque bastante hemos avanzado, también hay que reconocer que todavía falta mucho para erradicar totalmente de nuestra sociedad el concepto que las personas mayores “solo sirven para estar en casa y cuidar nietos”.

Nos falta valorar la vejez como una de las múltiples etapas del ser humano, una etapa donde los derechos y la dignidad deben seguirse preservando; una etapa donde deben abrirse igualdad de  oportunidades y desarrollo.

En diversos escenarios, las personas mayores reiteran que uno de sus mayores deseos que se les trate con respecto, afecto, calidad y calidez, reconociéndoles no sólo todos los aportes que han dado al país, sino los que aún siguen dando.

Estas justas exigencias, y los años de incesante labor en tema, me llevan a concluir que el principal problema que enfrentan las personas mayores es LA DISCRIMINACIÓN.

La discriminación es una de las máximas expresiones de la ignorancia.  El miedo irracional a lo que es diferente, radica en una falta de entendimiento de esas diferencias.

La edad es, por mucho, una de las principales y más silenciosas excusas para la  discriminación, la cual de manera sutil, se transforma en mal trato y desvalorización de esta población.

En términos generales se les considera como económicamente inactivos, y por tanto, como seres  que ya no encajan en el engranaje económico y social.

Es como si la vida del ser humano valiera solamente por su productividad económica y por tanto, en lugar de finalizar con la muerte, finaliza con el arribo a la adultez mayor.

Esta visión no sólo niega la dignidad propia de cada ser humano, sino que –además– es totalmente alejada a la verdad: Las personas mayores son uno de los principales sostenes del tejido social, asumen jefaturas de hogar y tareas de cuido crianza; forman asociaciones y grupos de pares para impulsar acciones para su propio desarrollo; se involucran activamente en diversos escenarios de la vida comunitaria y familiar; son la fuente de la memoria histórica de este país.

Asumir que las personas mayores ya no contribuyen al tejido familiar, comunitario, social, no solo es errado, sino que constituye un completo irrespeto a su esencia y a todo lo que siguen aportando a nuestro país.

Esta reflexión me lleva al evento que hoy nos reúne: La clausura del cuarto diplomado de gerontología social.

El hecho que ustedes se gradúen como expertos en temas de envejecimiento debe llevarlos a un compromiso para el resto de sus días: El compromiso de luchar y abogar por los derechos de las personas mayores, en el entendido que todavía falta mucho por superar la discriminación de la que son víctimas.

Esto implica no solo reconocer que las personas mayores son parte activa de la sociedad, pero además y sobre todo, significa trabajar desde nuestros diferentes espacios y saberes para procurar que este grupo viva plenamente sus derechos, con los apoyos todos los actores sociales:  Estado, gobiernos locales, comunidad, familia y otros.

Llegar a mayores debe ser visto como un triunfo de la sociedad, no como un factor de temor.

Hemos luchado mucho por reducir la muerte materna infantil, prolongar la esperanza de vida y erradicar las enfermedades; ahora falta que esos años que vivimos durante la vejez estén llenos de amor, alegría y esperanza que contaremos con todos los recursos y apoyos para vivirla plenamente.

El trabajo de ustedes empieza en casa, respetando a las personas mayores de sus vidas; pero continúa con las personas mayores con quienes tenemos contacto durante nuestro trabajo y nuestras vidas.

La gerontología social es más que una ciencia: es un estilo de vida donde valoramos al ser humano por el hecho de serlo, más allá de su productividad o capacidades; es una visión donde reconocemos la grandeza de otros que nos presidieron y donde procuramos justicia y solidaridad para con quienes nos formaron y nos siguen entregando su vida y amor.

Quiero felicitarles por haber elegido un programa de formación que tiene como elemento esencial la vocación para atender a las personas mayores.

Deseo además agradecer a FEPADE por haber asumido el reto de realizar este diplomado.  Se de la excelencia académica y el compromiso hacia el desarrollo del país impulsado por esta institución y esas son las razones de trabajar con ustedes.

Quiero además agradecer a los miles y miles de personas adultas mayores a quienes nos debemos, a quienes se levantan todos los días a calentar un plato de comida para su familia, a quienes salen a trabajar pese a la adversidad, a quienes en una silla de ruedas esperan y exigen por un trato con dignidad, o a quienes siguen siendo memoria viva de un pasado que debemos recordar.

Este día ustedes comienzan su vida como gerontólogos y gerontólogas sociales, y les invito a sumarse al esfuerzo para avanzar a un país del cual nos sintamos orgullosos y orgullosas de envejecer siendo importantes y valiosas.

Muchas gracias.