Amigas y amigos:

Es una gran alegría para mí estar con ustedes aquí, hoy, en este evento que conmemora las luchas históricas que tantas mujeres, en todos los países del mundo, han hecho y siguen haciendo para que vivamos en igualdad, en paz y con justicia.

Permítanme iniciar agradeciendo al señor Presidente de CEL, mi querido amigo David López Villafuerte, por la invitación para compartir con ustedes un poco de mi experiencia personal, de mis vivencias, con todas ustedes.

Realmente me siento muy honrada de la oportunidad de hablar con ustedes, no desde el rol de una funcionaria pública, sino como una mujer que les cuenta a sus amigas, su historia, sus dificultades y sus sueños, que –estoy segura- son iguales o muy parecidos a la historia, dificultades y sueños de muchas de ustedes.

Y ya sabemos que cuando las mujeres nos contamos nuestras experiencias y nuestras ilusiones, encontramos que tenemos esperanzas compartidas y nos ayudamos a caminar juntas para que éstas se vuelvan realidad.

Si ustedes me preguntan cómo es que llegué a El Salvador, y a ser funcionaria de gobierno en este país, al que amo tanto, tendrían que conocerme quizá desde que tenía 11 años de edad, allá en mi ciudad natal, en Sao Paulo.

No fui una niña muy tradicional que digamos, y desde pequeña me llamó la atención la participación en la política y en los derechos humanos.

¡Imagínense ustedes los dolores de cabeza que tenían mi mamá y mi papá cuando en lugar de jugar, a los 11 años de edad yo lo que quería era hacer política, para cambiar lo que yo creía era injusto! ¡Creo que les saqué unas buenas canas en el pelo!

Fue esa pasión por la política y por los derechos humanos que me motivó a estudiar para abogada.

Yo quería –precisamente– abogar por aquellas personas más sufridas, más excluidas, las que habían sido víctimas de injusticias y de discriminación.

En mi primer país, en Brasil, trabajé con obreros y con sindicalistas presos por persecución política. También en defensa de la vivienda y con niños y niñas que vivieron en las calles. Pero, además, yo tenía un interés muy particular por los procesos históricos que desde los años ochenta, estaban viviendo otros países de la región latinoamericana.

En aquel momento entendía que el avance en la construcción de las democracias y en los derechos humanos debía construirse de forma regional, uniéndonos todos los países que tenemos realidades comunes.

Y de todos los países latinoamericanos, El Salvador me apasionaba.

Cuando estaba en la escuela, yo había escrito una composición sobre El Salvador, y me encantó todo lo que tuve que investigar sobre este país.

Y luego, conocí y amé más a El Salvador a través de Monseñor Romero, de su mensaje, de su vida y de su martirio.

Por eso empecé a viajar a este país, para trabajar en redes de solidaridad internacional que ayudara a El Salvador a salir de la guerra, y a construir la paz.

Pero no sólo la paz que únicamente fuera el silencio de las armas. Yo quería ayudar a que la paz de este país fuera construida desde la justicia, la inclusión y el respeto de los derechos de todas y todos.

Y créanme si les digo que, en El Salvador, yo nací por segunda vez.

Porque aquí yo decidí quedarme a luchar por este pueblo al que tanto amó Monseñor Romero, y por el que dieron la vida tantos mártires.

Por eso yo reivindico mi nacionalidad salvadoreña, porque yo soy salvadoreña por decisión, no por casualidad, y lo seguiré siendo hasta el último día de mi vida.

Yo me quedé trabajando y viviendo en El Salvador. Trabaje 15 años como directora del Centro de Estudios Brazileños de la Embajada de Brasil.

Cuando en el año 2007, Mauricio aceptó la candidatura a la Presidencia de la República, empezó otra etapa decisiva en mi vida.

Una etapa con grandes dolores y con grandes satisfacciones.

Con grandes obstáculos, pero también con grandes logros.

Una etapa que me ha dejado las experiencias más duras, pero también otras que han sido las más bellas en mi vida.

Quiero contarles que, lo más hermoso que me pasó en esa época, fue algo que para mí era inesperado, pero que yo creo que fue el milagro que tanto pedí a Monseñor Romero.

Es que cuando se empezó a cerrar la candidatura para el presidente Mauricio Funes, yo rezaba mucho para que Dios me diera la sabiduría y la fuerza para salir adelante, porque yo sabía que iban a venir muchos ataques y cosas feas.

Entonces, yo pedía la intervención de Monseñor Romero y pedía a Dios: “mándame una señal de que todo estará bien. Una señal que me de la fuerza y la esperanza para lograr lo que soñamos”.

Y esa señal fue que, a los 45 años de edad, y con un diagnóstico médico que aseguraba que yo no tendría hijos, llegó a mi vida la maravillosa luz de mi bebé, de Gabrielito.

Por eso nombré a mi amado hijo así:

Gabriel, cuyo significado en hebreo es “la fuerza y el poder de Dios”, y que además hace alusión al Arcángel que llevó a María la buena noticia de la llegada de Jesús en su vientre.

Desde el primer instante en que supe que estaba embarazada, sabía que su presencia sólo me traería felicidad y amor, y se los juro que así ha sido.

Pero así, embarazada y en medio de una campaña electoral violenta, agresiva, descubrí otro amor hermoso, incondicional, que me da fuerzas y esperanzas también: el de cientos de miles de mujeres, anónimas, humildes, trabajadoras. Guerreras de la vida que luchan día a día por tener una vida mejor.

Cuando en el marco de la campaña presidencial para las elecciones del año 2009, recorrí el país de punta a punta, me encontré que la violencia, la pobreza, la exclusión, y un profundo machismo a quien más perjudicaba era a las mujeres.

Porque en El Salvador, como en otros países, las mujeres, incluidas las niñas, las adolescentes y las adultas mayores, sufren violencia y discriminación no sólo en las calles, sino también en los hogares, donde están sus principales agresores.

Esas agresiones contra las mujeres se repiten continuamente en los espacios públicos: en el transporte, en la calle, en los centros educativos y laborales; en los partidos políticos y en las iglesias, inclusive.

Y es una violencia que sufren las mujeres de todas las edades y posiciones sociales.

Inclusive yo misma, sufrí discriminación de forma directa. Imagínense amigas, que pese a mi trayectoria y experiencia política, que ya les conté antes, la campaña electoral me mantenía invisible, orillada a ser nada más que “la esposa del candidato presidencial”.

Entonces, como no se quería que yo participara ni que hiciera recomendaciones, en los mítines no me sentaba arriba de las tarimas, en el escenario.

Me sentaba abajo, y así noté que la mayor parte de las personas asistentes a los mítines y reuniones eran mujeres.

Y fueron todas esas mujeres quienes me develaron la realidad de exclusión a la que se enfrentaban cada día.

Ellas, mujeres urbanas y rurales; mujeres campesinas y profesionales;  mujeres de todas las edades y condiciones sociales, me ayudaron a comprender las dificultades que tenían para conocer y ejercer sus derechos.

Ellas eran, al igual que yo, invisibles para las instituciones y las políticas públicas. Y era eso, justamente, lo que había que cambiar.

Ahí fue cuando nuevamente esa niña de 11 años que quería participar en política para transformar lo que de injusto tuviera la realidad.

Así fue que, viendo las dificultades impuestas a las mujeres para acceder a las instituciones públicas, las cuales trabajaban de forma desarticulada y en una lógica muy masculina, sin un enfoque de género adecuado, pensaba en un lugar ideal al que esas mujeres pudiesen llegar para recibir atención especial en sus necesidades más acuciantes.

Imaginaba un espacio femenino: de mujeres atendidas por mujeres, de mujeres que confían en mujeres.

Un espacio, una ciudad en donde las instituciones se pusieran al servicio de las mujeres y les brindaran las atenciones especializadas, integradas e integrales, con calidad y calidez que esas mujeres necesitaban y merecían: Una “Ciudad Mujer”.

Ciudad Mujer se convirtió así, en una de las principales ofertas electorales, con la cual pretendía tornar visibles a las invisibles.

Al ganar las elecciones, asumí la conducción de una institución nueva:

la Secretaría de Inclusión Social, así como la presidencia del instituto rector de las políticas públicas de mujeres, el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer.

Desde estas dos instituciones incorporamos “Ciudad Mujer” dentro del conjunto de programas sociales a desarrollar.

Pero no crean, amigas, que eso fue fácil.

Habíamos heredado un aparato gubernamental que funcionaba con una inercia y una lógica de trabajo desarticulada y dispersa, acostumbrada a seguir haciendo más de lo mismo; con temores y desconfianza de la capacidad de crear algo nuevo, algo único que no había sido probado antes en ningún otro país. Peor aún si era una mujer quien pretendía llevar adelante ese cambio.

Esas actitudes no provenían solamente de la oposición política al gobierno, se generaban también en el seno del mismo de las estructuras gubernamentales.

Tuve que pelear bastante con algunos compañeros del Gabinete y con políticos de otros partidos para que Ciudad Mujer fuera una realidad.

La creación de la estructura y el funcionamiento del “Modelo Ciudad Mujer” buscaban generar un cambio sistemático, profundo e irreversible para construir la igualdad entre los géneros.

La batalla fue dura, muy dura: crear el modelo, convencer a los funcionarios titulares de las instituciones que debían ser parte de Ciudad Mujer; conseguir los fondos para construir y equipar las sedes; identificar los terrenos, idear el diseño de los edificios; echar a andar toda la maquinaria gubernamental para tener presupuesto, contratar funcionarias y poder atender a las mujeres.

Todo eso, corriendo. La verdad es que 5 años se pasan muy rápido cuando hay tanto que hacer!

Sin embargo tuve la ventaja de contar con un maravilloso equipo de trabajo, hombres y mujeres que –como yo- también estaban comprometidos con la lucha por los derechos humanos y los derechos de las mujeres.

Así es que, con altos y bajos en el camino, logramos fundar el “Ciudad Mujer”, como un modelo de atención integral e integrada, especializada para las mujeres, en donde ellas recibieran los servicios que necesitaran con calidad y con calidez.

Logramos en cinco años, contar con 6 sedes en donde a la fecha, hemos brindado más de 2 millones 900 mil servicios.

Ciertamente debo reconocer que no ha sido y no es una tarea fácil.

Ha requerido muchos sacrificios personales.

He tenido que robar tiempo que debió ser para mi hijo, para mis padres, para mí misma, inclusive.

Además, trabajar con y para las mujeres es trabajar, a diario, con el dolor, con la rabia y la indignación de ver cuántas niñas, adolescentes y mujeres llegan a nuestras sedes, agredidas, humilladas, heridas de las formas más crueles posibles.

Niñas que con seis años de edad ya han sido víctimas de violación, como fue el caso el día de ayer en nuestra sede de Morazán, en donde tuvimos que atender de emergencia a una pequeñita, mientras en el mundo se celebraba el día de la mujer.

Mujeres golpeadas, adolescentes acosadas, ancianas ultrajadas.

Pero no todo es triste, amigas, y la lucha es un esfuerzo que vale la pena. Ver los rostros emocionados de una mujer cuando recibe su diploma; presenciar cuando una anciana vuelve a sonreír de forma abierta porque ya recuperó su dentadura, que la había perdido por la desnutrición y la violencia.

Ser testigas de la alegría de nuestras emprendedoras cuando venden sus productos y llevan recursos a sus hogares, sabiendo que eso ayudará a mejorar sus condiciones de vida.

Conocer que cientos de mujeres en los territorios ya conocen y exigen sus derechos, participando en decisiones en sus comunidades y convirtiéndose en defensoras de otras mujeres es lo que nos motiva a seguir con este trabajo, porque es así como lograremos cambiar los esquemas culturales que producen la violencia y la discriminación.

Las mujeres estamos educándonos, y educando a nuestros hijos e hijas con otros paradigmas, haciendo que comprendan que hombres y mujeres debemos disfrutar de las mismas oportunidades y los mismos derechos.

Claro, no es que lo vayamos a lograr solo las mujeres. Para el cambio cultural que necesita la sociedad es imprescindible contar con los hombres, como socios, aliados en la lucha de lograr la igualdad y la justicia.

Por eso quiero reconocer hoy, a mi querido amigo, David López Villafuerte, y a todo el equipo de trabajo de CEL, por su compromiso real, traducido en acciones concretas a favor de las mujeres.

Me complace muchísimo y me enorgullece como servidora pública y férrea defensora de los derechos de la mujer, que una de las autónomas del Gobierno de El Salvador, incluya dentro de sus políticas internas de funcionamiento, un área específica para el fortalecimiento de las capacidades técnicas y profesionales del personal femenino.

Me refiero a EDUCA MUJER, un proyecto de tecnificación y especialización para todas las mujeres que laboran en CEL, mediante el cual podrán tener acceso a becas y medias becas para iniciar o continuar sus estudios universitarios; maestrías; post-grados y cursos técnicos para el aprendizaje de diferentes idiomas.

Felicito a la CEL por esta iniciativa, y qué espacio más propicio para hacerlo, que en el marco de la conmemoración nacional e internacional del Día Internacional de la Mujer.

Ayer hemos firmado un Pacto Nacional por la Igualdad, en donde los tres poderes del Estado nos hemos comprometido a fortalecer áreas prioritarias para el respeto y cumplimiento de los derechos de las mujeres, como lo son autonomía económica; salud; cultura y la educación;  prevención y atención de la violencia; medio ambiente y gestión de riesgos; participación política de las mujeres; gestión territorial para la igualdad; presupuesto, democratización y buena gobernanza y la participación de las mujeres en la construcción de la paz y el desarrollo del país.

Lo que hoy estamos presenciando, son acciones que se apegan totalmente a los compromisos suscritos en ese Pacto a favor de las mujeres.

Presidente López, no se va a arrepentir de invertir en la especialización técnica y profesional del personal femenino de CEL.

Las mujeres nos enfrentamos a muchas más dificultades que los hombres, a la hora de pensar en capacitarnos o invertir en nosotras; nuestro salario lo invertimos en nuestro hogar, en nuestros hijos e hijas.

Con este incentivo y apoyo que CEL brindará a todas ustedes, no me cabe la menor duda que en muy poco tiempo se verán los resultados, y contaremos con una institución fortalecida, con niveles óptimos de productividad y de servicio hacia la ciudadanía.

De igual manera felicito al Presidente López por pensar en el bienestar de las mujeres que laboran en CEL, pues ha destinado un área dentro de la institución para que las madres en período de lactancia, puedan amamantar a sus hijos e hijas, así como también un espacio para el mejoramiento de su salud física y mental, a través de clínicas y áreas para ejercitarse.

Todo eso demuestra que cuando hay compromiso de verdad, los cambios son posibles.

Otra etapa muy dura fue el cáncer donde aprendí mucho a valorar mi vida y salud y hoy debo asumir de por vida un compromiso para trabajar en la prevención del cáncer.

Antes de concluir, amigas, déjenme decirles que todavía nos falta mucho para tener el país y la sociedad que soñamos y que nos merecemos como mujeres.

Pero todas debemos tener el compromiso y la valentía para asumir todos los retos que se nos presenten y superarlos satisfactoriamente.

Las animo a seguir luchando por ustedes y sus familias. A estudiar, trabajar, soñar y buscar su felicidad.

Las animo a demostrar solidaridad con tantas mujeres que están sufriendo, poniéndonos de su lado, animándolas y protegiéndolas.

Las animo a seguir siendo mujeres guerreras, fuertes, alegres, que construyan una vida mejor para todas.

Las quiero mucho.

Gracias!