Por Secretaria de Inclusión Social, Vanda Pignato:

En verdad, es un inmenso placer estar aquí, con ustedes, en este día tan especial para mí, Ciudad Mujer Nuevo Modelo de Gestión Pública para la Igualdad y la Paz.

El libro que hoy presento es la concreción de un sueño largamente acariciado: la oportunidad de compartir con el mundo, la experiencia de mi país, El Salvador, en la creación y puesta en marcha de un programa novedoso, único en su especie.

Un programa que no sólo demuestra que es posible concretizar las políticas nacionales en materia de género, sino también que es factible transformar la gestión pública, poniendo en el centro de la misma a los seres humanos, y más particularmente, a las mujeres: me refiero, por supuesto, a Ciudad Mujer.

Tal como lo expongo en el libro que comparto con ustedes, Ciudad Mujer constituye un nuevo modelo de gestión pública, orientada al empoderamiento de las mujeres para la construcción de la igualdad sustantiva y de la paz.

A lo largo de cuatro capítulos, a los cuales me referiré más adelante, pretendo revelar algo más profundo: las rutas del empoderamiento de las mujeres.

Precisamente, Ciudad Mujer surge a partir de una experiencia personal que me impulsó a asumir un profundo compromiso con las mujeres de un país que –como muchos otros de la región y del mundo– padece violencia, pobreza, exclusión, concentración de la riqueza y un profundo machismo.

Ciudad Mujer nace a partir de un proceso individual de empoderamiento, que llegó a convertirse en una política pública asumida no sólo por el Gobierno, sino por el Estado y –mucho más importante– por la propia ciudadanía, para lograr el empoderamiento vital de las mujeres, y la construcción de las tres autonomías: la física, la económica y la de participación y toma de decisiones.

Como ustedes saben, El Salvador es un país golpeado por una guerra civil en los años ochenta; forzado a emigraciones permanentes; expoliado por  las políticas neoliberales que destruyeron el tejido productivo; agobiado por el crecimiento de las pandillas y del crimen organizado y, con ellos, de la violencia y el delito.

En ese brutal escenario, las mujeres han sido y son –siempre– las más perjudicadas. En El Salvador, como en otros países, el mayor peligro para las mujeres, incluidas las niñas, las adolescentes y las adultas mayores, no se encuentra en las calles sino en los hogares, donde están sus principales agresores.

Pero la violencia y la discriminación contra las mujeres se repiten continuamente en los espacios públicos: en el transporte, en la calle, en los centros educativos y laborales; en los partidos políticos y en las iglesias, inclusive.

Esa fue la realidad con la que me encontré cuando, en el marco de la campaña presidencial para las elecciones del año 2009, recorrí el país de punta a punta.

Pese a mi trayectoria y experiencia política, la campaña electoral me mantenía invisible, orillada a ser nada más que “la esposa del candidato presidencial”, sin muchas posibilidades de participar, aportar, decidir.

Situada forzosamente fuera de los escenarios, noté que la mayor parte de las personas asistentes a los mítines y reuniones eran mujeres.

Y fueron todas esas mujeres quienes me develaron la realidad de exclusión a la que se enfrentaban cada día.

Ellas, mujeres urbanas y rurales; mujeres campesinas y profesionales;  mujeres de todas las edades y condiciones sociales, me ayudaron a comprender las dificultades que tenían para conocer y ejercer sus derechos.

Ellas eran, al igual que yo, invisibles para las instituciones y las políticas públicas. Y era eso, justamente, lo que había que cambiar.

Viendo las dificultades impuestas a las mujeres para acceder a las instituciones públicas, las cuales trabajaban de forma desarticulada y en una lógica muy masculina, sin un enfoque de género adecuado, pensaba en un lugar ideal al que esas mujeres pudiesen llegar para recibir atención especial en sus necesidades más acuciantes.

Imaginaba un espacio femenino: de mujeres atendidas por mujeres, de mujeres que confían en mujeres.

Un espacio, una ciudad en donde las instituciones se pusieran al servicio de las mujeres y les brindaran las atenciones especializadas, integradas e integrales, con calidad y calidez que esas mujeres necesitaban y merecían: Una “Ciudad Mujer”.

Ciudad Mujer se convirtió así, en una de las principales ofertas electorales, con la cual pretendía tornar visibles a las invisibles.

Esa fue, justamente, el génesis de Ciudad Mujer, que relato más ampliamente a lo largo del Capítulo I, cuando se da el principio del cambio.

Al ganar las elecciones, y asumiendo la conducción de una institución nueva, la Secretaría de Inclusión Social, así como la presidencia del instituto rector de las políticas públicas de mujeres, el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer, incorporamos el Programa Ciudad Mujer dentro del conjunto de programas sociales a desarrollar.

Como podrán leer en el libro, esa génesis no fue fácil.  En 2009 el país se encontraba en medio de una crisis socioeconómica profunda, una de las más difíciles de su historia.

El bajo crecimiento económico era histórico en El Salvador. El país apenas crecía la mitad de la media latinoamericana y era, sin dudas, el menor de Centroamérica. El fruto de ese crecimiento quedaba mayoritariamente en manos de unos pocos, ampliando la brecha entre pobres y ricos.

Los índices de la pobreza crecían, al igual que la exclusión social.

No existían programas sociales de ayuda a los sectores más vulnerables. Los salarios eran de los más bajos de la región.

El país comenzó a sufrir mucho más el flagelo del delito y la violencia, sobre todo a partir de la constitución de las pandillas que, desde entonces, no han dejado de crecer.

En ese contexto, cientos de miles de mujeres estaban y siguen estando a cargo de sus hogares, convertidas por la necesidad, en las responsables exclusivas de la sobrevivencia de sus grupos familiares y aun a costa de sí mismas. Y, sin embargo, la cultura oficial insistía en ignorar esa realidad.

Habíamos heredado un aparato gubernamental que funcionaba con una inercia y una lógica de trabajo desarticulada y dispersa, acostumbrada a seguir haciendo más de lo mismo; con temores y desconfianza de la capacidad de crear algo nuevo, algo único que no había sido probado antes en ningún otro país. Peor aún si era una mujer quien pretendía llevar adelante ese cambio.

Esas actitudes no provenían solamente de la oposición política al gobierno, se generaban también en el seno del mismo de las estructuras gubernamentales.

Un hecho notable fue que también debí enfrentar los prejuicios del feminismo tradicional, que no comprendía Ciudad Mujer y, sin mayor criterio, lo catalogaba como un modelo asistencialista.

Fue necesario el firme respaldo del Presidente de la República para direccionar a su gabinete en la senda que habíamos emprendido y, de allí, se debe destacar la importancia del compromiso y del apoyo político al más alto nivel, que es necesario para impulsar las políticas públicas para las mujeres.

En las condiciones específicas de El Salvador, fue preciso quitar el proyecto de Ciudad Mujer del escenario de confrontación política e ideológica para que fuese entendido como una política de Estado, como una nueva respuesta estatal a una vieja problemática y que en ello no había -como de hecho debe ser- ningún color político.

Todo lo contrario, Ciudad Mujer ha demostrado ser, en sus cuatro años de existencia, una respuesta absolutamente alejada del clientelismo y del favoritismo político.

Como dije antes, al momento de iniciarse el proyecto las finanzas públicas se encontraban en una situación muy difícil, de manera que conseguir financiamiento para ponerlo en marcha constituyó un obstáculo casi insalvable.

Nuestra labor se centró en el diseño del Modelo y, a la par, asumí personalmente el papel de gestora de fondos para financiarlo.

Con un enorme esfuerzo realizado por el gobierno se logró contar, en 2010, con una partida que permitió la compra de un inmueble que se transformó en la primera sede.

Mientras tanto, encontramos un primer aliado que fue decisivo para lograr el record de construir las cinco sedes restantes de Ciudad Mujer en apenas 4 años: el Banco Interamericano de Desarrollo, bajo el liderazgo personal del Presidente Luis Alberto.

Una vez puesto en marcha el programa, y vistos los resultados exitosos demostrados en poco tiempo de funcionamiento, más aliados se fueron uniendo: gobiernos amigos, agencias y donantes internacionales apostaron a fortalecer Ciudad Mujer.

La creación de la estructura y el funcionamiento del “Modelo Ciudad Mujer”, que se describen en el capítulo dos del libro, buscaba generar un cambio sistemático, profundo e irreversible –tal como lo mandataba la Declaración y la Plataforma de Beijing– para construir la igualdad entre los géneros.

Con mi equipo de trabajo, basamos Ciudad Mujer en cuatro pilares fundamentales: la equidad de género, el enfoque de derechos, la integralidad de los servicios y una proyección territorial.

Si bien los cuatro pilares son igualmente importantes, sé que todos ustedes conocen a la perfección los dos primeros, por lo cual en esta ocasión quiero poner el énfasis en los dos últimos: la integralidad de los servicios y la proyección territorial.

El modelo está articulado a través de centros de atención integral e integrada, que coordinan la labor de 17 instituciones del Estado, para dar servicios esenciales a las mujeres en los temas de mayor trascendencia para su empoderamiento.

Las instituciones funcionan, con un estándar de atención de calidad y calidez, dentro de 5 módulos:

  1. Salud Sexual y Reproductiva
  2. Prevención y Atención a la Violencia de Género
  3. Autonomía Económica
  4. Educación Colectiva, para el empoderamiento ciudadano y político de las mujeres, y
  5. Atención Infantil

El libro describe detenidamente cómo funciona cada uno de estos módulos, precisamente bajo la lógica de la integración e integralidad de los servicios, y con el enfoque de evitar la re victimización de las mujeres.

Ciertamente debo reconocer que no es una tarea fácil. Buena parte de la energía del equipo de dirección de Ciudad Mujer se destina precisamente a articular las acciones que se desarrollan en cada sede en forma interinstitucional.

Pero es un esfuerzo que vale la pena y está sostenido por la certeza de que si los servicios especializados se encuentran dispersos, se generan factores de desestimulo para la realización de los derechos de las mujeres.

Esta concentración de servicios especializados en un único escenario permite generar sinergias institucionales y administrativas que la separación física no produciría y responde a la compleja realidad de la mujer, que muchas veces, necesitan de una orientación y acompañamiento adecuado, para reconocer la necesidad de una diversidad de servicios para realizar sus derechos.

Además, en la lógica de la construcción de la autonomía de las mujeres, no es posible trabajar sólo en una dimensión y no en las otras, y como se expone en el libro, Ciudad Mujer –a través de los cinco módulos– impacta en todas: la física, la económica y la de participación y toma de decisiones.

Otro componente fundamental es el de la territorialidad, porque allí está la cláusula que flexibiliza el modelo, garantiza la inserción y el monitoreo real de su funcionamiento. Es este último el componente que le otorga a Ciudad Mujer la capacidad de ser replicado en otros países y regiones.

Este pilar parte del conocimiento que las mujeres en cuyas vidas Ciudad Mujer se propone impactar positivamente, viven en territorios concretos donde hay realidades específicas y diversas que requieren estrategias particulares.

En este enfoque de trabajo territorial, Ciudad Mujer se articula con actores locales del área de influencia de cada sede.

Ciudad Mujer busca trabajar con los gobiernos municipales, comprendiendo que la pluralidad política que se encuentra en el territorio reafirma, por un lado, que la lucha por las mujeres del país no es un tema ideológico y, por el otro, que es una garantía para el desarrollo de una sociedad fuertemente democrática.

Una gran parte del éxito de Ciudad Mujer radica en el trabajo que realizan nuestras educadoras y promotoras territoriales, quienes se constituyen en la cara más visible y cercana del programa en las comunidades, pero que además, nos retroalimentan continuamente de las realidades y necesidades en los territorios.

En el capítulo tres, denominado “Hacia el empoderamiento vital de las mujeres”, se desarrolla el camino hacia la construcción de la igualdad sustantiva, que parte del reconocimiento de los desafíos presentes, donde la condición y posición de las mujeres tienen una relevancia significativa.

Así, el diseño de la ruta hacia la igualdad entre los géneros pasa por la promoción de los derechos, el fortalecimiento de las tres autonomías y la redefinición y fomento del empoderamiento vital de las mujeres.

En esta lógica, desde Ciudad Mujer nos proponemos impulsar desde la primera esfera el conocimiento de los derechos de las mujeres; paralelamente impulsar la sensibilización del funcionariado estatal, y de la  sociedad en general, para no seguir perpetuando  los esquemas de violencia y discriminación.

La difusión y el conocimiento de los derechos humanos de las mujeres son acciones fundamentales para  entender los escenarios en los cuales se configura  la estructura económica, social y política en que transitan sus vidas.

Además, es imprescindible la comprensión de los nudos críticos que explican la desigualdad y discriminación, así como los entramados que los reproducen; de tal manera que las mujeres puedan apropiarse del conocimiento de sus derechos y cómo estos les permiten incidir en aquellos espacios donde  persiste la discriminación.

La segunda esfera, la del fortalecimiento de las tres autonomías, se basa en que es fundamental que las mujeres puedan ejercerlas en su integralidad, dado que se encuentran interrelacionadas entre sí.

Partimos de la autonomía económica, desde el módulo del mismo nombre, fomentando la capacidad de las mujeres de generar ingresos propios y obtener y controlar sus propios activos, promoviendo mejores y mayores oportunidades para su desarrollo.

Cuando pasamos a hablar de la autonomía  física, sabemos que se vincula al  control  que tienen las mujeres sobre su cuerpo, a la capacidad de tomar decisiones sobre sus propias vidas, sobre su  integridad física, emocional y sobre su vida sexual.

Esta autonomía la trabajamos desde dos módulos: el de salud sexual y reproductiva, y el de prevención y atención a la violencia de género.

La tercera autonomía, la de la toma de decisiones, la trabajamos desde sus dos ámbitos: la participación política y la participación ciudadana, que permiten realizar acciones  articuladas que faciliten a las mujeres ampliar su condición y valorar su posición.

Para ello, el trabajo desde el módulo de educación colectiva es crucial. Desde ese módulo desarrollamos procesos de conocimientos de los derechos de las mujeres con una estrategia de la alfabetización en los mismos, hasta la organización y fortalecimiento de expresiones locales que permitan su incidencia en la sociedad y el Estado.

Es innegable que el conocimiento y el ejercicio de sus derechos genera una doble vía: el control sobre sus vidas y decisiones; condición indispensable para que las mujeres puedan incursionar en espacios públicos y en puestos de decisión  que les  abra las posibilidades en  el ámbito personal y en el colectivo  para ejercer una mayor y mejor democracia.

Por las características del Modelo, como hemos visto, se cumple un ciclo de inclusión de las mujeres.

Al margen de los resultados concretos que encontrarán en el libro, miles de mujeres han logrado insertarse en un ciclo de empoderamiento.

Así se construye la identidad de las mujeres,  condición indispensable para el ejercicio político, por ejemplo.

El ejercicio de ciudadanía que las “mujeres de Ciudad Mujer” -como muchas de ellas se identifican- hacen en alcaldías, en la comunidad, en la escuela, en la misma casa, genera una situación que rompe el esquema cultural tradicional y abre el camino hacia la transformación de los roles y estereotipos.

Ciudad Mujer cuenta con cuatro años y seis meses de vida. Partió de la nada y tiene para mostrar resultados cualitativos y cuantitativos. Esto no es algo normal en los servicios públicos que se brindan en nuestros países.

En un país con enormes dificultades económicas y sociales como El Salvador el impacto de Ciudad Mujer en la vida de sus usuarias y el efecto cultural que ello produce es un hecho sin comparación en materia de políticas públicas.

Somos conscientes de que por sí solo, el programa Ciudad Mujer no podrá modificar una realidad tan compleja y difícil,  tampoco cambiar, de la noche a la mañana, la cultura patriarcal y machista que domina nuestras sociedades.

Pero Ciudad Mujer se ha convertido en un ariete, en una punta de lanza, en una locomotora de ese cambio cultural que necesita la sociedad.

Mi apuesta en ese sentido es que Ciudad Mujer abra el camino, señale la ruta que hay que transitar y que sean las propias mujeres las artífices de su destino, como debe ser.

Para eso es imprescindible que asumamos como propia la tarea de empoderamiento vital de estas mujeres.

En el capítulo cuatro, el de las conclusiones, reitero que Ciudad Mujer es el fruto de una firme decisión política que permitiera sortear obstáculos de toda índole.

Señalo, además, que si bien Ciudad Mujer no puede por sí misma, cambiar totalmente la realidad histórica, social y cultural, sí es una buena respuesta a violencia que es global: la violencia de género.

Y esa realidad de violencia trasciende fronteras. La encontramos, con características y dimensiones particulares, en todos los países del mundo, estén en América, en Asia, en Europa o en África.

Para abordarlo y superarlo satisfactoriamente, estoy convencida que es necesario refundar la política.

Es evidente la necesidad de generar un verdadero debate sobre el tema de la violencia y, en general, de la igualdad de género. Es preciso promover grandes acuerdos nacionales para elevar a cuestión de Estado esta problemática que comprende a todos los países.

Es imperioso, pues, abrir una nueva etapa política a partir de una agenda que dé cuenta de la realidad social imperante. Hay que reinventar la política y la labor de los partidos, pues el escepticismo y rechazo creciente de los pueblos hacia ellos sólo puede conducirnos a una nueva frustración.

La experiencia realizada en El Salvador me permite afirmar que no sólo es posible, sino también electoralmente conveniente poner el tema de género en el centro de las propuestas y del debate.

Claro, esa experiencia también me permite afirmar que si después no se cumplen las promesas, la frustración será un boomerang para quien las haya formulado: engañará provisoriamente al electorado femenino, pero lo perderá a futuro. Y, a la vez, estará alimentando la desconfianza popular en las dirigencias políticas.

La clase política deberán tomar conciencia de la trascendencia que tiene la igualdad de géneros en el futuro inmediato de los pueblos.

En la actualidad, eliminar toda forma de violencia contra la mujer, garantizar plenamente sus derechos, facilitar su autonomía económica y empoderarlas política, económica y socialmente, es nuevamente ampliar y perfeccionar la democracia. Es volver a refundarla para abrir un nuevo y mejor ciclo para la humanidad.

Interpelo a las clases dirigentes latinoamericanas desde mi modesto sitio de lucha por la igualdad de géneros.

Si fuimos capaces de vencer a las dictaduras castrenses y conquistar nuevamente la democracia; si fuimos capaces de vencer al neoliberalismo y recuperar al Estado como instrumento al servicio de la lucha contra la pobreza y a favor igualdad y la justicia social; si fuimos capaces de eso…

¿Qué les impide ahora luchar con toda energía por la igualdad de géneros y por la paz social?

Creo, sinceramente, que la experiencia de Ciudad Mujer es un aporte a ese gran debate que las sociedades se deben sobre esta temática.

Muchas veces me pregunto: Habida cuenta de que el fenómeno de la violencia contra la mujer es una epidemia mundial, ¿por qué no utilizar el modelo de Ciudad Mujer tanto en países desarrollados como en desarrollo?

Sinceramente, estoy convencida del gran efecto positivo que podría causar en esas sociedades el Modelo que hemos desplegado en mi país.

El Salvador es un país que ha estado en el ojo de la comunidad internacional por diversas razones: hace más de dos décadas, por la represión sistemática hacia su población, que luego derivó en un conflicto armado; posteriormente por la adopción de unos Acuerdos de Paz; actualmente por la situación de criminalidad e inseguridad ciudadana, entre otros.

Sin embargo, con todo orgullo puedo señalar que ahora, El Salvador también se está convirtiendo en un referente importante en materia de generación de políticas y programas orientados a lograr el adelanto en los derechos de las mujeres.

Ciudad Mujer es una respuesta que, basada en un enfoque de género y de derechos humanos, puede ayudar al desarrollo sostenible de los países.

Estoy firmemente convencida de que este Modelo es aplicable a la realidad de las naciones más desarrolladas y no solamente en países con pobreza y atraso económico.

No se puede tapar el sol con un dedo: la cultura patriarcal y machista, con sus más y sus menos, domina la sociedad mundial. Es tan discriminada la mujer en Nueva York, Berlín, Londres o París como en Buenos Aires, San Salvador, Beirut o Nueva Delhi.

Permítanme decirles que el hecho de que el lanzamiento y la primera presentación del Libro de Ciudad Mujer sean en Nueva York, y en el marco de la Septuagésima Asamblea General de las Naciones Unidas no es casual.

Decidí hacer este lanzamiento aquí, y gracias al apoyo de ONU Mujeres, porque si bien el modelo Ciudad Mujer fue creado sobre la base de la realidad de las mujeres salvadoreñas, lo cierto es que es un modelo replicable en cualquier país del mundo en el cual se quiera avanzar en la construcción de la igualdad sustantiva entre hombres y mujeres.

Ciudad Mujer es, ante todo, un factor que permite desencadenar la toma de conciencia de las mujeres acerca de su propia valía, de sus derechos y de que ya no están solas en la lucha por la conquista de esos derechos.

Muchos son los retos que aún tenemos por delante en Ciudad Mujer. Sin embargo, tenemos el compromiso y la valentía para asumirlos y superarlos.

Antes de concluir, quiero agradecer muy particularmente a dos grandes amigos y socios estratégicos, quienes además, me han hecho el honor de escribir los prólogos del libro:

  • A mi muy estimado Luis Alberto Moreno, Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, quien apostó al potencial de Ciudad Mujer apoyando con la aprobación del crédito que permitió la construcción y equipamiento de 5 de nuestras sedes, y adoptó nuestro modelo como la política de género del propio BID;
  • Y, por supuesto, a mi querida amiga Luiza Carvalho, Directora Regional de ONU MUJERES para las Américas y el Caribe, quien representa a la entidad de Naciones Unidas más aliada al impulso y fortalecimiento de Ciudad Mujer.

Agradezco también a ONU Mujeres, por todo el apoyo brindado a nuestro programa y por creer, al igual que nosotras lo hacemos, que el cambio a favor de las mujeres no sólo es necesario, sino también, posible.

Gracias a ustedes por estar hoy aquí, y por su amable atención.